14 sept. 2008

Baisha y la Montaña del Dragón de Jade. Lijiang


Desde Lijiang queremos ir a Baisha, pequeña aldea situada a 16 kilómetros y a los pies de la Montaña del Dragón de Jade. Tras preguntar a varias personas cómo ir, un policía nos escribe en un papel la dirección con caracteres chinos y se lo damos a un taxista.

En Baisha los reyes Mu unificaron por primera vez las tribus naxi. Esta aldea recibe su nombre debido a la arena blanca del suelo, por lo que fue nombrada como «baisha», que significa literalmente "arena blanca" en chino.

Mantenida como una reserva de su cultura, nos introduce de repente en el mundo rural.



Aquí se localizan las únicas pinturas murales que han resistido el paso de los siglos. En la dinastía Ming (1368-1644), los reyes Mu -influenciados por el budismo chino- congregaron a su alrededor a los mejores artistas de la época, encomendándoles la decoración de sus templos.

Hoy sólo quedan los frescos del templo Liuli, el palacio Wenchang y del Palacio Dabaoji, que ocupa casi toda la parte central del núcleo urbano. En este recinto hay templos, jardines y varios pabellones en los que contemplamos los famosos frescos de Baisha -en mal estado de conservación- pintados por artistas taoístas, budistas (naxi y tibeanos) y dongba, durante los siglos XV y XVI. Los colores utilizados son el negro, plata, verde oscuro, rojo y oro.






Mientras paseamos por el recinto del Palacio Dabaoji, nos encontramos en medio de la grabación de un capítulo de una telenovela y nos quedamos un rato viendo como repiten una y otra vez la misma escena.



Bajo los rayos de un potente sol, nos adentramos por un caminito de tierra hasta campo abierto para observar en la lejanía la Montaña del Dragón de Jade, de 5500 metros de altura. Es el glaciar con hielo perpetuo más meridional del hemisferio norte.



De vuelta a la aldea paseamos por una calle repleta con pequeñas terrazas de restaurantes, tenderetes y diversas tiendas con toda clase de souvenirs y artesanías y nadie para comprar. Por primera vez, en muchos días, estamos solos.

Comemos en casa de Mr. Yang, un personaje que emana sabiduría. Poeta e historiador, nos enseña parte de su obra, así como pergaminos con frases en lengua naxi que, evidentemente, bajo una constante sonrisa, nos quiere vender. Mr. Yang afirma que la auténtica Shangri-La es Lijiang.


De vuelta a Lijiang intentamos regresar al alojamiento sin el plano, que habremos dejado olvidado en algún sitio. Llevamos dos horas dando vueltas por la parte vieja y no hay manera de que, mostrando la dirección del hostel nos encaminen hacia él: no la entienden.

Vemos a un chino que vende planos y, sin dudar un segundo, le compramos uno. Es nuestra salvación. Lo miramos y esta vez somos nosotros los que no entendemos nada: ¡está todo en chino!

En nuestro caminar, perdidos y cansados como estamos, descubrimos el mercado de Lijiang. El espectáculo que se asoma a nuestros ojos es espectacular: gran variedad de productos alimenticios crudos y cocinados aquí mismo, aves, peces de todo tipo, serpientes, sapos, tortugas; ropa, utensilios de cocina…



Perdernos ha valido mucho la pena, ya por el mercado en sí como por descubrir otros rincones de Lijiang alejados de las hordas de turistas chinos.


De noche, y después de inquirir varias veces cambiando el sentido de la pregunta, conseguimos llegar al alojamiento.

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