9 sept. 2008

La Gran Muralla


A la hora acordada se detiene, frente a la puerta de nuestro alojamiento, la mini-furgoneta que ha de llevarnos hasta la Gran Muralla o Chángchéng ("muralla larga"), designada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1987 y desde 2007 forma parte de Las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno.


La Gran Muralla ha sido construida y reconstruida, entre el siglo V a. C. y el siglo XVI, por diferentes dinastías con la finalidad de impedir las incursiones de los pueblos nómadas del norte (mongoles) y para asegurar los nuevos territorios conquistados hacia el oeste.

La primera medición científica y sistemática ha fijado su longitud en 21.196,18 kilómetros tras atravesar quince provincias, regiones autónomas y municipalidades, desde la frontera con Corea (al borde del río Yalu) hasta el desierto de Gobi, a lo largo de un arco que delinea aproximadamente el borde sur de Mongolia Interior. El cálculo anterior registró tan sólo 8850 km, en la que pasaron por alto muchas estructuras y ramificaciones.

La investigación duró cinco años. Según la Oficina Nacional de Reliquias Históricas, el monumento patrimonio de la Humanidad sufre la amenaza del deterioro natural y artificial, así como el robo de piedras y ladrillos o los cultivos en lugares donde está muy erosionada.

Sólo el 8,2 por ciento de la muralla, construida durante la Dinastía Ming, se mantiene intacto; el 74,1 por ciento restante está en malas condiciones, y en algunos tramos, sólo queda la base.


Los chinos no la consideraron como un símbolo destacado hasta prácticamente el siglo XX, debido, en parte, a que diversos historiadores asociaron su origen con el tiránico reinado de su primer emperador, así como a su función esencialmente defensiva.

La Gran Muralla no ocupó un lugar destacado entre las joyas del patrimonio cultural chino hasta que aumentó significativamente la llegada de viajeros occidentales, entre quienes causó una gran impresión.

Es probable que el propio Mao Zedong tuviese mucho que ver con su promoción, no solo por su idealizada visita al lugar, sino también por su célebre frase: "no serás un héroe hasta que subas a la Gran Muralla" (不到长城非好汉)

(Fuentes: 20minutos.es y otras)

Después de tres horas -el tráfico es caótico- llegamos a Jinshaling, a 140 km. de Beijing. Durante el trayecto la guía nos intenta convencer de que no hagamos lo que tenemos previsto: recorrer los 10 kilómetros de la Gran Muralla, desde Jinshaling hasta Simatai. El recorrido se ha de hacer en 4 horas (la guía espera en Simatai), con subidas y bajadas constantes por tramos destruidos y es muy duro, según ella.

Al llegar al pie del funicular, que sube hasta la Muralla (se ahorran 40 minutos de trayecto andando), tomamos la decisión correcta: yo me vuelvo con ella hasta Simatai y mi compañero recorre los 10 kilómetros; no me atrevo a seguir la Gran Muralla después de considerar sus recomendaciones.

Mientras íbamos a Simatai le pregunto a la guía si se habían dado casos de gente que no pudo continuar y qué pasó en esos casos. Me cuenta:

- El procedimiento es -depende de cada situación- que ponen a la persona en una camilla y con unas cuerdas la trasladan entre torre y torre. Una vez en una torre, un helicóptero del Ejército la rescata. Otras, tuvieron que ser asistidas por la Cruz Roja.

Veo que yo hubiera sido una candidata al rescate con helicóptero: mi sobrepeso y el mal estado de las rodillas serían el motivo principal.

Escribe mi compañero de viaje:

En el último momento la guía que nos acompaña intenta convencerme de que no haga este trayecto, pero sigo adelante y subo al funicular que, tras 20 minutos, me deja en lo alto de la Muralla. Ahora empieza una cuenta atrás de 4 horas que tengo para recorrer los 10 kilómetros, que me separan del lugar de encuentro en Simatai.


El día está gris plomizo, estoy a 140 kilómetros de Beijing y empiezo a dudar que lo de Beijing sea sólo polución.

Nada más empezar la caminata se acercan y van a mi paso mujeres mongol que, con su parco inglés, pretenden guiarme por la Gran Muralla, algo absurdo porque no hay posible pérdida. Sigo a mi paso y ellas van insistiendo en "guiarme". Prácticamente no hay nadie, las mongoles y algún que otro occidental.

La Muralla -montada sobre el perfil de la montaña que separa China de Mongolia y que hace de frontera entre ambos países- está en muchos trozos destrozada. Reseguir el perfil de la montaña hace que las subidas y bajadas sean constantes y con grandes desniveles.


La altura es, más o menos, de unos 5 metros llegando a más en algunos puntos. Enormes piedras conforman las paredes. Me impresiona encontrarme aquí, pisando una obra que les ha llevado varios siglos en terminar, lejos de toda civilización, y más aún el pensar cómo han podido transportar las enormes piedras con que ha sido construida. ¿Cuántas vidas se habrán quedado por el camino?


Voy bien; a paso ligero. Subo y bajo con total naturalidad y con la mochila a la espalda en la que llevo un chubasquero, un zumo y algunas galletas. Creo que no necesito llevar este peso, pero no hay vuelta atrás.

He conseguido quitarme de encima a la mayoría de mujeres mongol que no paraban de atosigarme, pero hay una que todavía aguanta. Finalmente me rindo y entablo conversación con ella para hacer más llevadero el camino.

Ya llevo más de una hora y esto parece que no se acaba nunca, la muralla no da tregua, después de una bajada me encuentro con la consiguiente subida que ya empiezo a mirarla y remirarla antes de ir a por ella. El fuerte ritmo del principio decae y, de vez en cuando, paro para ver el paisaje; en realidad es para descansar.


Cae un aguacero por lo que tengo que ir más despacio ya que, en las bajadas, es fácil resbalar al no existir, prácticamente, escalones; sólo piedras anárquicamente puestas.

La "guía" mongol dice que ella ya no puede continuar, tiene que volver y quiere que le compre algo de lo que lleva. Acabo comprando un libro de la Gran Muralla con espléndidas fotografías. Al estar solo, otra mujer mongol toma el relevo. Sigue con la misma cantinela. Harto y cansado que estoy, le doy 5 yuanes y se marcha.

A veces tengo que subir pendientes del 45% y enormes escalones, por lo que tengo que hacer un gran esfuerzo. Noto que mis piernas ya no responden, así que paro muy a menudo; cada 10 minutos. Me preocupa no llegar a la hora prevista; sé que tengo que continuar.


En una de las torres por las que paso, me siento media hora a tomar un respiro y energía, con el zumo y las galletas que llevo. Parece que ha funcionado, me encuentro con más fuerza y sigo.

Estoy a una hora de mi destino, e impresionado -a pesar de que el tiempo no me permite abarcar con la vista la verdadera dimensión de la Gran Muralla- por lo que estoy viviendo y por estar aquí.

Finalmente llego a un punto donde tengo que dejar la Muralla y cruzar un puente desde donde veo a Mercè. Ya está, lo he conseguido. Pasado el puente, tras unos matorrales arranca una escalera de unos 50-60 grados de pendiente para subir arriba. Imposible. Subo 5 escalones, paro unos minutos y otros 5 escalones más. Ésta es la puntilla. En condiciones normales lo hubiera hecho en 5 minutos, tardo 30 en hacerlo. Me falta de todo: aire y fuerza.

Efectivamente, nos hubiéramos metido en un buen lío si Mercè hubiera decidido hacerlo. Aún estaríamos por allí o esperando el recate con un helicóptero.


En diferentes puntos de la Gran Muralla venden bebida y algo de comida, por lo que es recomendable no llevar peso. Este trayecto se puede hacer en más tiempo, que las cuatro horas que tenía, por cualquier persona en buenas condiciones físicas. No es necesario ser un "Superman", se hacen más paradas y punto. El tiempo es limitado porque hay que comer y volver a Beijing.

Estoy reventado y la vuelta a Beijing se me hace eterna.

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