12 feb. 2009

Lacanjá Chansayab y la selva lacandona


Desde San Cristóbal de las Casas vamos a Palenque en bus público. El viaje es horroroso, hay muchas curvas pronunciadas y la carretera está en muy mal estado. Llegamos después de seis horas de trayecto.

No hemos venido a ver las ruinas. El tiempo se nos echa encima y veremos más ruinas en este viaje. Palenque, es sólo una escala para ir a nuestro próximo destino: la Selva Lacandona.

Al día siguiente, subimos a un microbús (Transportes Chamoán) que, durante un poco más de dos horas, nos lleva hasta Lacanjá Chansayab, pequeño poblado habitado por indígenas lacandones, pobladores originales de la selva que lleva su nombre, y descendientes directos de los antiguos mayas, que han mantenido su esencia -todavía muchos hombres visten con sus largos y blancos atuendos tradicionales, y hablan entre ellos un dialecto del maya.


Los lacandones son los únicos a quienes se les está permitido cazar en la selva. Ellos conocen los hábitos estacionales de los animales que viven aquí y tienen un conocimiento considerable de la flora medicinal y comestible.

En Barcelona, buscando información, encontramos la posibilidad de pasar unos días con una familia lacandona, en la selva.

El microbús nos deja en el pueblo. Preguntamos por el Campamento Tucán Verde. Hemos de volver por donde hemos venido; caminar unos 500 m y, a mano izquierda, ya veremos el cartel indicador, nos dicen.

Pasamos entre hierbas altas hacia las tres cabañas, que divisamos, y nos recibe el dueño, Ismael Chansap. Nos invita a entrar a la cabaña principal donde él y su familia hacen vida. Es grande y, al primer momento, no percibimos su interior ya que estamos deslumbrados por la luz del sol y dentro no está iluminada.


Cuando la vista se acopla a la poca luz que entra sólo por la puerta abierta veo, a un lado, una mesa con bancos de madera y, al otro extremo, un fuego encendido y a su esposa, Chanuk, cocinando.


Me acerco a saludarla. Va vestida con una túnica estampada; pelo lacio y largo y está controlando las llamas de la cocina de leña. Saludo a una niña, que está con ella. Y meto la pata sin saberlo: es un niño, vestido con túnica y pelo largo. Pido disculpas.


Ismael nos pregunta si queremos dormir al aire libre -en hamacas- o en una cabaña, con camas. Escogemos esta última opción, casi sin pensarlo dos veces. No sabemos qué animalillo puede pasearse por aquí, durante la noche.

La cabaña es de caña y el techo de paja. La cama parece cómoda y equipada con mosquitera.


Conforme el sol está en su zénit, hace más y más calor. Vamos a una pequeña cascada que tenemos a 50 metros de la cabaña. El agua está fresca y relajante.


Estamos descansando frente a la cabaña y nos saluda el señor Leayum, familiar de Ismael. Es chamán y nos invita esta tarde a su cabaña.

Hacia las cuatro llegamos a su casa. Es un hombre bajito, con el pelo recogido en una coleta, de aspecto desaliñado, pero de mirada limpia e intensa. Nos recibe en el exterior.


Sentados en unos bancos de madera, la conversación gira en torno a nuestro viaje y lo que hemos visto. Paseamos por los alrededores de su cabaña y nos explica las diferentes propiedades de cada una de las plantas y de los árboles que hay. ¡Cuánta sabiduría en las palabras del señor Leayum!



Llegamos hasta un riachuelo; su esposa ha hecho una pequeña balsa donde crían peces para su sustento.


Se me acerca una preciosa niña, que lleva un montón de pulseritas y collares -hechos por su madre- de semillas de diferentes clases, y colmillos de algún animal de la selva. He de comprar uno, ¡cualquiera se niega ante la profunda mirada de esta niñita!.


Antes de anochecer, regresamos al campamento.

A las ocho de la mañana vamos hacia el interior de la selva, con una joven lacandona. Ismael no ha podido acompañarnos y lo hace esta chica.

Es muy curioso el contraste entre ella y nosotros: va con falda, camiseta de manga corta y chancletas; nosotros, con pantalones largos, camiseta de manga larga, para evitar picadas de mosquitos molestos, y botas de montaña. Ella está en "su casa".

Caminamos un buen trecho entre maleza, al lado de milenarias y sagradas ceibas, y altísimos árboles que parece quieren alcanzar el cielo.



Cruzamos varios ríos, no precisamente por sólidos puentes con barandillas. La mayoría de las veces son simples troncos que van de lado a lado del río y he de apuntalarme con una pértiga hincada en el lecho del río. Ella pasa ágil como una gacela.



Llegamos a las ruinas mayas, casi todas todavía están engullidas por la selva. Hay pocas, pero se puede ver cómo fueron en su época.



Y regresamos por donde hemos venido. Esta vez me ha parecido que hay más ríos para cruzar, quizás es porque estoy cansada y soportando calor y humedad. En total hemos estado cinco horas por la selva.




Llegamos al campamento, agotados, sudorosos y sin hambre; el calor y la humedad puede con nosotros. Vamos junto a la cascada y descansamos.

A media tarde nos dirigimos hacia el pueblo y, antes de llegar, a mano izquierda hay una taquería regentada por un matrimonio lacandón. Él va vestido con la túnica tradicional y su esposa prepara unos tacos buenísimos. Cuatro. ¡He comido cuatro tacos!

El pueblo, en sí, no tiene interés; quizás sólo los cánticos que provienen de una iglesia baptista, religión que practica la mayoría de sus habitantes.


5 comentarios:

  1. ¿Sabes qué? Me he quedado sin tus entradas anteriores, el enlace que me llevaría a leer tus otras peripecias, no me funciona.

    Según te leía iba sonriendo imaginando a tantas personas que pagan un pastón por cruzar el "charco" y no salir de los complejos hoteleros.

    Casi siempre que he viajado, aunque en ocasiones estuviese organizado el viaje, hemos procurado ir a nuestro aire. Es la única manera de ESTAR en los sitios, atrapando la cultura que te transmiten los lugareños.

    Sigo diciendo... qué envidia!!

    Seguiré leyéndote y "apaña" el enlace, jajajá

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  2. May, ya lo he arreglado. Lo olvidé de poner!!

    De todos modos, en la columna de la derecha, donde pone VIAJES los tienes todos. Sólo has de abrir el que te interese.

    Besos y gracias por tu visita!!

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  3. Mª Mercè !!!
    Ja sòc aqui!!!
    Te acabo de enlazar en la Jaima... No te escaparás! Ahora sin prisas ni pausa me voy en este viaje que nos propones, de tu mano... ¿Vale?
    Leo y vuevo aqui mismo...
    1ª Tanda de Petonets!!!

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  4. Disfruta de Argelia....ya nos contarás.
    Efectivamente, me voy a Etiopia el mes que viene, a primeros...te invito a que entres en el tren que nos llevará al cuerno de África.
    Besos
    Alicia
    Lápices para la Paz

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  5. Hola Alicia, no sólo subiré al tren sinó que os seguiré paso a paso.

    Besos solidarios.

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