4 mar. 2009

Granada, la Gran Sultana (II)


El día amanece nublado y hay mucha humedad. Seguimos la visita de esta preciosa villa y llegamos hasta el Museo Fortaleza la Pólvora, en un extremo de la calle Real Xalteva.


El incremento del comercio por la ruta del lago Cocibolca y del rio San Juan, las rivalidades entre España, Inglaterra, Holanda y Francia, hicieron de Granada víctima de ataques de piratas que devastaron la ciudad.

Las autoridades coloniales construyeron el Castillo de la Inmaculada Concepción, a orillas del rio San Juan, durante el año 1675. Este castillo sirvió para defenderse de la piratería y de los ingleses, que pretendían adueñarse de Granada a través del rio.

En 1784 se vio la necesidad de construir la Fortaleza la Pólvora -llamada originalmente «Casa Almacén la Pólvora»-, pues la ciudad carecía de un lugar apropiado en donde almacenar la pólvora para conservarla adecuadamente y protegerla de la humedad, ya que en el Castillo de la Inmaculada, al estar junto al rio, era imposible que los explosivos se conservaran en óptimas condiciones.


Según datos recabados la Casa Almacén la Pólvora, de acuerdo a sus dimensiones, debió tener una capacidad de almacenaje de 200 a 300 quintales de pólvora en barriles, lo que significaban de 100 a 150 barriles de pólvora o municiones. Esta cantidad de reserva era suficiente para resistir dos meses de combates continuos en caso de ataque a la ciudad.

Además de las municiones, generalmente se guardaban aquí diversos tipos de artillería como: falconetes, pedreros, rifles de chispa, arcabuces, fusiles, granadas y en el exterior cañones. Los cañones usados en estos tiempos eran los llamados «bombarda, cañón doble o simple, cañón de cremallera y cureña. También se almacenaron armas blancas como sables, floretes, espadas, hachas, etc.

La fortaleza -de estilo medieval español- consta de cinco torreones, ubicados en los vértices de la muralla de gruesos muros. El portal del fuerte es de influencia neoclásica.


Este edificio ha tenido diversos usos. Durante la dictadura de Somoza, fue cárcel y cuartel de la Guardia Nacional. Después, con los sandinistas, fue ocupado como comando de la policía. En la actualidad es un museo.


(Texto extraído de varias fuentes)

Retomamos la calle Real Xalteva, dirección Parque Colón, y entramos en el Parque Xalteva, construido en 1892.


Ubicado al norte de la antigua Plaza Indígena de Xalteva, y como prolongación del atrio de la Iglesia con el mismo nombre, ha mantenido la antigua disposición de sus elementos ornamentales a través del tiempo.

Todavía queda en pie la fuente, en el centro, y algunas ruinas de edificios. Durante unos años aquí se ubicó el mercado municipal.


Los Muros de Xalteva fueron levantados entre 1746 y 1761, y amurallaban el asentamiento indio. Se dice que lo construyeron los españoles, para defenderse de las acometidas de los indígenas.



Hay otra placa que reza: «El General José Dolores Estrada, Héroe Nacional, peleó desde estos muros en 1854 contra los invasores de Máximo Jerez, acuarteladas en la iglesia de Xalteva. Más tarde, el 14 de septiembre de 1856, libró la famosa Batalla de San Jacinto, donde murió Byron Cole, uno de los jefes filibusteros»

Estos muros están en la mira de depredadores del «Patrimonio Histórico y Cultural de Granada» y del país. Han estado escarbando y sustrayendo piedras que, seguramente, van a para a las restauraciones de viejas casonas coloniales que compran extranjeros o locales pudientes.

La Iglesia Xalteva -sita en frente- levantada primeramente como fortaleza militar, en 1678, más tarde fue capilla para los soldados. Este edificio es de estilo renacentista. Fue una de las iglesias incendiadas y saqueadas por William Walker, quien también destruyó los archivos de los natalicios de los indios xalteva, originarios pobladores. Fue reconstruida en 1856.

Seguimos por la calle Real Xalteva, donde se encuentra la Iglesia de la Merced, edificada en madera y techo de paja, en 1534. Pero el pirata Morgan la saqueó e incendió en 1670 y una vez más se reconstruye en 1853. De nuevo quemada, esta vez por William Walker en 1856, se reconstruye, definitivamente, en 1862 con fachada barroca e interior neoclásico.


Quedo maravillada del bellísimo el retablo del altar mayor.


Previo pago de una pequeña cantidad, subimos a lo alto del campanario para disfrutar de la ciudad. Se divisan los tejados a dos aguas, con tejas rojas, los patios centrales y, a lo lejos, el Lago Nicaragua.



Pasamos frente la Fábrica de cigarros Doña Elba y pedimos permiso para entrar y ver como hacen los cigarros puros.



Se están disipando las nubes ¡qué bien!

Por la calle Atravesada nos dirigimos a la antigua Estación del Ferrocarril del Pacífico; construida en 1888 de estilo neoclásico, imperante en esa época en Europa. Está ubicada en el límite norte del centro histórico de la ciudad y al costado Este del Parque General Sandino.



A partir del 12 de Octubre de 1995 se convierte en la sede de la Escuela Taller Granada, proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación, donde los alumnos restauran vagones, locomotoras y antiguos muebles de las diferentes estaciones de los cien años de historia de este ferrocarril, además de aprender diferentes oficios.


Un taxi nos lleva al barrio Villa Sandino y nos deja frente a la Iglesia del Espíritu Santo. A ver qué es lo del cartelito que vimos ayer en la catedral, sobre sanación corporal y espiritual.

Nada más bajar del taxi se acerca un chico y nos indica que aquí no es, que hemos de ir al edificio contiguo.

En un solar hay una gran nave de planta rectangular, todavía por finalizar, llena de sillas blancas de plástico y con un altar adornado con cortinas de raso en color rojo y amarillo; una Virgen sobre un pedestal, rodeado de ramos de flores y dos ángeles -de cartón- custodian el altar.


Faltan aún 20 minutos para las 17:00h y ya empieza a llenarse.

Nos ponemos en un lateral, en las primeras filas. La gente va entrando y nos mira con cara de interrogación. Se nota a la legua que no somos "nativos".

Poco después de las cinco entra, con una sotana blanca, el padre Guillermo, párroco de esta iglesia. Todos lo reciben en pie y con aplausos.


Después de una larga charla, en la que participan los feligreses con aplausos, gesticulando brazos y manos, y varios "Amén", se inicia una Misa.

De verdad, no sé si estamos en un oficio católico o protestante. O en una mezcla de los dos.


Antes de llegar a la Consagración, el padre Guillermo interrumpe la Misa y comunica que ha regresado, otra vez a la parroquia, el padre Joselito, de la República Dominicana.

Todos en pie aplauden efusivamente y reciben al padre Joselito, un hombre joven, negro, con sotana marrón. Se entonan cánticos y después empieza a hablar de Jesús, de política, de Dios, de pobres y ricos; todo aliñado con ostentosas cadencias en la voz y gesticulando entre los fieles, que le corean algún final de frase.


De pronto empieza a agradecer a su madre haberle parido (sí, sí; tal como suena) y, allí, cerca de él, se levanta una señora de pelo cano, con guantes blancos, que bracea para que todos sepamos dónde está. Y la gente la aplaude.

El padre Joselito nos habla de su hermano y de su sobrino, que han seguido los pasos de Dios -pero en otra Fe-, viven en EEUU y están hoy aquí para acompañarle.

Del fondo de la iglesia se oye un saxo y, padre e hijo adolescente caminan ceremonialmente por el pasillo central, hacia el altar. Todos nos ponemos en pie. Cuando acaba la música, los dos hermanos se funden en un abrazo, momento en el que los feligreses aplauden. El hermano dice unas palabras, durante unos 15 minutos, y deja que el padre Joselito continúe.


Llevamos aquí más de dos horas y, por habernos sentado en las primeras filas, ahora no sabemos cómo hacer para salir; así que hemos de aguantar un rato más.

El padre Joselito llama a la persona que se "curó" con la imposición de sus manos, la vez anterior que estuvo aquí, pero la señora no aparece. O no está o no se "curó". Entonces el párroco le toma el relevo y continúa con la Misa.

Aprovechando el movimiento que hay para ir a comulgar, decidimos irnos. Son casi las ocho. Al salir, nos damos cuenta que la iglesia está llena a rebosar y que, en el patio de la entrada, hay mucha más gente siguiendo el oficio.

Estamos alucinados con lo que hemos visto y oído. No podemos clasificarlo. Sólo decir que hay mucha fe entre estas personas.


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