13 dic. 2009

Parque Nacional Lago Nakuru. Último "Big five"


Cuarto día de safari

A las siete de la mañana nos dirigimos al Parque Nacional Lago Nakuru, situado a 157 Km. de Nairobi y en el Gran Valle del Rift. Dentro de su perímetro se encuentra el Lago Nakuru refugio de aves migratorias, particularmente de flamencos, donde se agrupan casi dos millones de ellos confiriendo el más grande espectáculo del mundo, pues toda su extensión -188 Km2- se cubre de color rosa, debido a un alga que hay en el lago con la que se alimentan.

El Sistema de lagos de Kenia en el Gran Valle del Rift, entre ellos el Nakuru, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011.


Tras dejar las áridas tierras del P. N. Maasai Mara, este Parque se me antoja el paraíso para los animales que aquí habitan.


Babuinos y otros monos trepan a los árboles a nuestro paso. Graciosas gacelas mueven nerviosamente su pequeña cola, espantando a los molestos insectos.



No han pasado ni dos horas desde que estamos aquí, cuando aparece frente a nosotros el último "de los cinco grandes" que nos faltaba ver: el rinoceronte blanco. Rodeados de cebras, bisontes de agua, jirafas, facoqueros y otros rinocerontes, una inmensa mamá de varias toneladas de peso, con su pequeñín, pace tranquilamente. Y de fondo, un frondoso bosquecillo de acacias amarillas completa el espectáculo.


De repente, Joseph da un golpe de volante, cambia de dirección (no sé cómo este hombre puede estar mirando en todas direcciones mientras conduce) y detiene el coche a una prudente distancia de una leona que está custodiando el cadáver destripado de un búfalo, que le ha servido de desayuno.


Un grupo de buitres, hienas y chacales esperan que la leona se aleje para dar buena cuenta de los restos del cadáver. Unas decenas de metros más allá, bajo la sombra de una acacia, tres leonas y un cachorro hacen la digestión del "tentempié".

Subimos a lo alto de una pequeña colina donde hay un "área de descanso", con un mirador que da al Lago Nakuru. Aquí podemos bajar de la furgoneta para estirar las piernas. Los animales salvajes no llegan hasta aquí.

Frente a nosotros se extiende un espectáculo desolador: el lago se está secando y ha formado una "playa" de más de 300 metros. Y de los miles de flamencos, sólo queda un pequeño grupúsculo que apenas se distingue desde el lugar en que nos encontramos. Tristeza.



Mientras con desolación miro al lago, mi compañero se aleja unos metros para hacer algunas fotos cuando, entre unos arbustos, se encuentra cara a cara con un búfalo. Los dos detienen en seco su marcha. Se miran. Sólo les separan unos 20 metros. Mi compañero tiene la suficiente sangre fría como para hacer una foto a la enorme bestia. Ninguno de los dos se mueve. Pasan unos eternos tres minutos hasta que el búfalo da media vuelta y se va.


Cuando regresa, explica su experiencia y los guías muestran su preocupación: el búfalo es un animal muy peligroso que ataca sin motivo alguno.

Subimos al coche y nos acercamos hasta el lago. Si no llueve en los próximos días morirán muchos animales…




A pesar de la sequía que azota la región y que me ha producido gran desconsuelo, he vivido cuatro días intensos de safari. No ha quedado ningún animal por ver; más por la pericia de Joseph, que por lo que sabía el guía.


Después de comer, Peter y Joseph nos llevan a la estación de autobuses. Esta noche salimos hacia Jinja, Uganda.


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