13 dic. 2009

Reserva Nacional Maasai Mara: Río Mara


Segundo día de safari

A las 7 de la mañana nos ponemos en ruta para llegar hasta el río Mara. Durante el trayecto, cruzando la Reserva, vemos algunos de los animales que vimos ayer por vez primera: jirafas, ñus, cebras, gacelas...



Una pareja de leones -macho y hembra- cruza delante de nuestro vehículo sin molestarse en mirarnos. Al otro lado del camino, el macho se tumba al suelo y nos muestra su bella estampa.


Con pena, observo como una mamá elefante intenta sacar algo de jugo de un arbusto para dárselo a su pequeñín sediento. No lo consigue. Examina otros ramajes, buscando y rebuscando algún fruto. No lo consigue. Se la ve cansada. Con la piel agrietada y seca. Los colmillos no tienen el color del marfil; están grisáceos. Se unen al resto de la manada y siguen su camino en medio de una sabana sin vida.




Joseph detiene el coche y nos señala un árbol. No logramos distinguir qué es lo que quiere que veamos. Acerca el coche un poco más. Y ahí, subido al árbol y medio oculto entre el ramaje, vemos la estética figura de un guepardo descansando.


Es el animal terrestre más veloz, alcanzando una velocidad punta entre 95 y 115 km/h en carreras cortas de un máximo de 400 a 500 metros y mide entre 110 y 150 cm de longitud, más de 55 a 80 cm de la cola.

Hacia la una del mediodía llegamos al Río Mara. Aquí es donde, en mejores tiempos, se produce la "gran migración" y sólo encontramos una pequeña familia de hipopótamos medio sumergidos en las chocolateadas aguas del río. No hay casi caudal. Y de tierra firme al agua, hay más de dos metros de altura. No; ni ñus ni cebras pueden salvar esta distancia sin partirse el cuello. Y la temporada de lluvias sigue sin llegar.


De vuelta al campamento, un par de leonas descansa a la sombra de unos arbustos. Más adelante, unos búfalos pacen soportando a unos pajarillos, que los están desparasitando hasta dentro del orificio de la nariz.




Tercer día de safari

A las 6:30 de la mañana entramos otra vez en la Reserva. El sol hace media hora que se ha despertado e inunda con sus dorados rayos la árida sabana. El paisaje se torna diferente al de los días anteriores al alba.

Justo al mismo borde de la pista, dos leonas acaban de despertar y buscan, a derecha e izquierda, su desayuno. En otro lugar, un hermoso león levanta su hocico: parece que ha olido comida. Y, pausadamente, se levanta y aleja.


Y de nuevo, se cruza ante nosotros la manada de elefantes que, con la luz del sol naciente, me parecen más delgados.


Son casi las nueve de la mañana cuando, regresando al campamento para desayunar, vemos en la entrada de la reserva a varios pastores maasai con sus rebaños en busca de pastos frescos.


Desde hace cuatro años una severa sequía azota a los Hombres de la Tierra y a su ganado, que buscan -entre la reseca sabana- unas briznas de hierbas verdes que los alimenten. Tienen sus cuerpos secos y la mirada perdida. Y los árboles alzan sus desnudas ramas hacia el cielo, clamando justicia.


Después de un escaso desayuno, dejamos el Maasai Mara. Tras varias horas de viaje -circulando entre grandes extensiones de plantaciones de té, que se pierden en el horizonte- llegamos a Nakuru, donde nos alojamos en un sencillo hotel.

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