4 ene. 2010

Hacia Kasindi, frontera con la República Democrática del Congo


A las 9:30 llega el taxista que ha de llevarnos a Kasindi, pero –siempre ha de haber un "pero"- ya no está de acuerdo con los 60 dólares que aceptó ayer y pide 10 dólares más. Como lo pactado es razonable, aceptamos pagar lo que nos solicita de más.

Vamos a poner gasolina, nos pide dinero y le damos los 70 dólares. En la gasolinera no aceptan esta moneda y vamos a una casa de cambio. Entra el taxista y sale a los dos minutos, diciendo que no le gusta el cambio, que es muy bajo y murmura entre dientes. Mi compañero le sugiere que cambie sólo lo necesario para la gasolina y el resto cuando el cambio le sea favorable. El tipo no lo hace. Sube al coche, arranca, da una vuelta, aparca, baja del coche, va a algún sitio y regresa a los cinco minutos con cara sonriente diciendo que ya está arreglado. Pone sólo siete litros de gasolina y, por fin, rodamos por la carretera.


A pesar de que el cielo está cubierto con grandes nubarrones, platanales, palmeras, campos de trigo, árboles y grandes extensiones de césped hacen que podamos disfrutar de diferentes tonalidades de verde durante el recorrido. En los arcenes cabras y vacas, van "segando" las hierbas al comer.


Estamos cruzando el Parque Nacional de los Montes Ruwenzori, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1994. Las altas montañas Rwenzori, nos guían el camino; siempre a nuestra derecha.


Poco antes de llegar a Kasese se revienta una rueda y entramos en una gasolinera. Al momento sale una cuadrilla de hombres: sacan la rueda, la reparan, la hinchan y la colocan en tan sólo 30 minutos. El taxista pone cinco litros más de gasolina.

Seguimos ruta y dejamos el cruce que hemos de seguir. Cien metros más allá está la línea del ecuador. Un símbolo que indica que a un lado está el Hemisferio Norte y al otro el Hemisferio Sur.


Retomamos la carretera y pasamos por poblados con casas hechas de tablones de madera y techo de uralita, o casitas hechas de barro con el "corazón" de ramas. Las mujeres, sentadas en el arcén, venden toda suerte de productos. Y los niños juegan no muy lejos de ellas.


De nuevo el taxista empieza a murmurar: "la gasolina es muy cara", "esta ruta es muy larga", "no había venido nunca por aquí"… y, sinceramente, no le hacemos mucho caso.

Después de cuatro horas de viaje, en Bwera -el pueblo antes de la frontera-, el taxista se para a un lado de la carretera frente a una parada de autobuses y dice que no sigue más, que no sabía que tenía que ir tan lejos, que aquí no conoce a nadie y que ya no tiene más gasolina. Nosotros perplejos creyendo que no lo hemos entendido, pues su inglés es bastante básico. Nos lo vuelve a repetir, pero añadiendo que si queremos que nos lleve hasta Kasindi, tenemos que pagar el llenado del depósito de gasolina, pues ya no tiene más dinero.


Estoy atónita, enfurecida, y digo de llamar a la policía. Mi compañero, tranquilamente, le dice que con las dos veces que ha puesto gasolina no ha gastado los 70 dólares. El taxista va insistiendo que no tiene dinero y que si queremos seguir le hemos de llenar el depósito.

Va pasando el tiempo y el tipo no cambia de opinión, por más que le intentemos hacer razonar que no vamos a llenar el depósito; primero, porque aún le queda dinero y segundo, porque la frontera no está tan lejos.

Harta de tanta tontería, le digo a mi compañero que baje del coche y cargamos las mochilas a nuestra espalda. El taxista pregunta si vamos a ir en bus y mi compañero le dice: "No, vamos a ir caminando". Nos suplica que subamos al coche. Una vez dentro, saca una gran Biblia de la guantera y la besa; nos dice que es cristiano y empieza a pedir a Dios que le ayude (en inglés, para que lo entendamos). Arranca y llegamos a la frontera, a tan sólo a 500 metros de toda la comedia que ha montado por la gasolina.

Bajamos del coche y un grupo de jóvenes, con sus motos, nos rodea y se ofrecen a acompañarnos para hacer los trámites aduaneros; previo pago, ¡claro! Ya lo haremos solos. Empezamos el peregrinaje de ir de un sitio a otro: unos policías están en una cabaña de madera, otros sentados a la sombra de un árbol y, en cada lugar, van tomando datos de los pasaportes y anotándolos en una libreta. Hasta que por fin nos ponen el sello de salida de Uganda.

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