3 ene. 2010

En la caótica Kampala y los conductores "suicidas"


A las diez de la mañana llegamos a la parada de minibuses, en Jinja, para ir a Kampala y no nos ponemos en marcha hasta que se ha llenado; como siempre.

Los 80 Km. hasta la capital los hacemos en dos horas, acompañados por un paisaje muy verde y con pequeñas y redondeadas colinas.


Al llegar a la terminal de autobuses, un nutrido grupo de jóvenes nos rodea ofreciéndonos transporte. Es hora de pactar precio-recorrido, pues vamos a la Embajada de la R. D. Congo y está muy lejos de donde nos encontramos. Subimos cada uno en una moto con las mochilas a la espalda y, en una carrera de suicidas esquivando coches, peatones y motos, llegamos a nuestro destino.


Nos dan los formularios, que rellenamos adjuntando dos fotos cada uno y las fotocopias de los pasaportes y lo entregamos todo a una amable y sonriente congoleña. ¡Estamos de suerte! Nos conceden el visado para un mes y de múltiples entradas. Sabemos que tramitarlo en la frontera sólo lo dan para una semana y hemos querido probar suerte directamente en la Embajada y la hemos tenido. Nos entregarán los pasaportes, con los visados, mañana a las tres de la tarde.

Volvemos a subir cada uno en una moto y, en un recorrido frenético imposible de explicar, llegamos al Backpacker’s Hostel -situado a 2 Km. del centro de la ciudad- sanos y salvos. Es un lugar rodeado de una frondosa vegetación tropical, acogedor y muy limpio. A pesar de que son las 15:30 la cocina está abierta; comemos y pasamos la tarde en el jardín.


Fuente: travelpot.com

En una van vamos al centro de la ciudad. Aquí está concentrada toda la vida comercial de los kampaleses y parece que todos han venido a hacer las compras en el mismo momento. Se mezclan vendedores, peatones, motos, coches, bocinazos. Ruido. Agobio.



Decidimos salir de este maremágnum y llegamos hasta una avenida muy ancha, donde encontramos La Posta, oficina de correos y venta de billetes de autobuses. Queremos ir mañana a Fort Portal; nos comunican que el bus sale a las siete de la mañana.

Sendas motos nos llevan a la Embajada del Congo para recoger los pasaportes.

Esta noche hemos estado jugando al "gato y la rata". Gato no hemos tenido, pero ratita o ratoncillo sí. Estaba ya en el séptimo cielo, cuando me despierta un golpe seco que ha dado mi compañero. Le pregunto qué le pasa y me dice que ha oído roer la bolsa de las magdalenas. Nos quedamos en silencio y segundos después oímos "cric, cric". Enciendo la luz y ni rastro de animalillo, pero en la bolsa hay un agujerito y falta un trozo de magdalena. Guardo el resto de las magdalenas dentro de la mochila y a dormir.

No llevábamos ni dos horas durmiendo, cuando ha empezado a caer un aguacero que parecía no tener fin. Entre trueno y trueno y un no parar de llover, se han hecho las seis y nos hemos tenido que levantar para coger el bus.

Cubiertos con las capelinas y con los pantalones arremangados hasta las rodillas nos acercamos hasta la garita del guardián del backpacker, y lo encontramos sumido en un profundo sueño, apoyado en su fusil. En un primer momento no se ha dado cuenta de nuestra presencia. Me quedo con él y las mochilas, mientras mi compañero sale a la calle para parar algún vehículo que nos lleve hasta La Posta. Pasan unos 10 minutos y sale un coche del alojamiento, con dos chicas de pasajeras y se ofrecen a llevarnos.

Esperamos casi una hora a que abran las taquillas; pedimos dos billetes para Fort Portal y nos comunican que ya no salen desde aquí, que hemos de ir a otra estación de autobuses. ¡Y eso que ayer vinimos a confirmar la salida! Por suerte ha parado de llover y un taxi nos lleva hasta la otra parada; al momento de llegar hay un bus a punto de salir.

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