26 ene. 2010

En ruta hacia Epulu


Tal como habíamos quedado, Paulin viene a buscarnos a las 7:30 para emprender el viaje hacia Epulu. Nos separan unos 400 Km., y seis horas de viaje por caminos de tierra, baches, barro y piedras, como en la mayoría de esta región del Kivu Norte y, por lo que nos dicen, de toda la República Democrática del Congo.

Vamos resiguiendo el Parque Nacional Virunga; cruzamos aldeas y poblados como los que encontramos anteayer. Los camiones, siempre sobrecargados; alguno ha quedado embarrado en un socavón, sin poder salir si no lo aligeran de peso.


Sabemos que hemos de cruzar el río Ituri sobre una plataforma de madera, que hace la vez de trasbordador.

Son ya tres las horas de viaje agotador cuando una caravana de camiones y autobuses nos obliga a detenernos. La gente ha descendido de sus vehículos. Hay quien duerme sobre unos cartones, otros pasean o matan el tiempo jugando a cartas, y alguna mujer está controlando una olla sobre una improvisada cocina. Parece que desde hace varios días esperan cruzar el río. Sabemos que autobuses y camiones tardan más de tres horas en hacerlo, ya que han de pasar la carga en varios viajes sobre la plataforma accionada por cuerdas, y luego el vehículo.



Paulin adelanta a los vehículos parados hasta que no puede seguir más. Hay muchísima gente, además de miembros del ejército y policía.

No cruzaremos el río en la plataforma de madera, lo haremos por el puente que se inaugurará a las dos de la tarde. Hemos de esperar hasta que venga el gobernador de la región para la ceremonia: serán tres horas de hacer tiempo, que no es nada sabiendo que el puente lleva tres días acabado y que no han dejado que lo cruzara nadie hasta que no estuviera oficialmente inaugurado. Ahora entendemos porqué hay esta inmensa caravana con las personas haciendo "vida normal" alrededor de sus vehículos.



Deambulamos despreocupadamente por la zona. Se acerca un oficial del ejército y nos saluda dándonos la mano, con mucho respeto. Quizás ha pensado que somos periodistas al vernos la cámara de fotos.

Al poco rato un señor, alto y grueso, vestido con un anticuado, ridículo y estrecho jersey lila a rayas, nos pide la documentación. Le pregunto quién es y responde que es el jefe de seguridad. Le mostramos los pasaportes y anota nuestros datos en un trozo de papel, que saca de un bolsillo. Quiere saber nuestras profesiones, qué hacemos aquí y si sabíamos que había esta inauguración. Le digo que vamos hacia Epulu a ver los okapi y que nos hemos encontrado con el evento por sorpresa. Está conforme con la explicación y nos pide que no hagamos fotos al gobernador, a lo que estamos de acuerdo.

Llega Paulin hasta dónde estamos y le explicamos el encuentro con el jefe de seguridad. Paseamos entre la gente, policías y miembros del ejército, que no nos quitan el ojo de encima y controlan todos nuestros movimientos.


Hace más de una hora que estamos aquí. El cielo se ha despejado de las nubes que nos protegían del sol y éste cae verticalmente sobre nosotros.

Mientras buscamos algo de sombra, Paulin se dirige al otro lado del río por el paso de peatones junto al puente. Así que se aleja, se acercan dos hombres y nos saludan. Uno de ellos pregunta qué hacemos en este lugar y le digo que estamos esperando para cruzar el puente e ir a ver a los okapi (letanía que tengo bien ensayada. No conviene decir más). Entonces me dice:
- Sabe, me gustaría conocer sus identidades.
Y le respondo:
- Nosotros también queremos saber quiénes son ustedes.
Me comenta, sin enseñar documento alguno:
- Policía de inmigración.
Le digo nuestros nombres y de dónde somos. Insiste en que quiere ver nuestros pasaportes y yo, que quiero ver su identificación. No hace el menor gesto para mostrarla, pero su mirada muestra que está perdiendo la paciencia y le doy los pasaportes sin rechistar más. Los dos personajes sacan, de sendos bolsillos, un pequeño papel donde escriben nuestros datos. Y en este momento llega Paulin, presentándose como nuestro guía, les pregunta quiénes son y les dice que el jefe de seguridad ya había tomado nuestros datos.

Hasta aquí todo ha ido más o menos bien hasta que el poli, al ver la cámara de fotos, me pide el documento que nos autoriza a hacer fotos. Le digo que no tenemos ningún documento, que somos turistas con visado y que vamos a Epulu. El tipo va insistiendo con lo del documento. Le vuelvo a repetir que tenemos un visado turístico emitido por la Embajada y que ello nos da derecho a comportarnos como turistas y una de las "cosas" que hacen los turistas es hacer fotos. Seguidamente interviene Paulin y les dice:
- Ellos ya saben sus derechos y obligaciones y no necesitan para nada ese documento, así que déjelos tranquilos.
Durante unos minutos intercambian algunas frases en swahili hasta que, finalmente, el policía lo mira atónito, se da media vuelta y se va murmurando.

A las dos de la tarde, desde la otra orilla, se oyen cantos y palmadas. Miramos hacia el puente y lo está cruzando el gobernador acompañado de un puñado de jóvenes de su partido, jaleándolo y exhibiendo pancartas. El susodicho va con los brazos en alto, saludando a diestro y siniestro y "bañándose" en los "Vivas" y "Hurras" que grita la multitud. Abriéndole paso va la escolta, cuyo jefe al frente -ataviado a lo "Rambo", con gafas negras, camiseta de tirantes, pistola y machete al cinto- infunde miedo más que respeto.

Inaugurado el puente lo cruzamos, y continuamos por la pista de tierra, envuelta por la frondosidad de la selva, completando el paisaje chozas al borde de la misma, camiones con cargas imposibles, hileras de hombres y mujeres que transportan leña, plátanos, cubos… o simplemente se desplazan de una aldea a otra.


En uno de los poblados, varios niños piden que detengamos el coche para saludarnos.


Hay imágenes de esta ruta, que no olvidaré nunca.

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