9 feb. 2010

Kabale. Avanzando hacia Ruanda


Desde la carretera principal, algún medio de transporte nos ha de llevar hasta un lugar llamado Katunguru Gate; allí, esperar que pase un matatu hacia Mbarara, donde subiremos a un bus hasta Kabale. O sea, más de seis horas de trayecto para hacer casi 300 kilómetros.

Salimos del alojamiento, en Katwe, con las mochilas a la espalda y, sin aún haber dado ni tres pasos, corre la voz de que estamos en marcha y vienen a nuestro encuentro varios hombres que se ofrecen a llevarnos en su coche. Negociamos con uno de ellos el precio hasta Kabale directamente, acordando 100 dólares por el servicio. Estamos bastante cansados y hacer el trayecto en un solo vehículo será más cómodo en estos momentos.

Para acortar kilómetros y tiempo, el conductor deja de circular por la carretera asfaltada para hacerlo por una pista que no está en nuestros mapas, pero el cambio ha sido favorecedor: vemos áreas de sabana y grandes plantaciones de té, que está en su mayor apogeo de color.


Durante el trayecto hacemos una parada en Kitagata, donde hay unas fuentes de agua caliente y sulfurosa. Hay muchas personas -algunas desnudas, incluidos niños-, que toman baños, otras se lavan y, las menos, la beben. Nos miran con cara de sorpresa. Sin apenas mirarlos nos acercamos hasta donde sale el agua y comprobamos que está muy caliente.


Seguimos ruta y llegamos a Kabale, en cuatro horas. Nos dejan frente a uno de los alojamientos que tenemos en nuestra lista, recomendado por un viajero que estuvo hace unos años, el Skyline. La sala-recepción-comedor está a oscuras, sólo con la luz de la calle. Hay un olor desagradable. Camareras y camareros van con uniforme, no muy pulcro. Uno de ellos nos acompaña a ver la habitación, cruzando un patio interior entre ropa tendida; un niño llora a pleno pulmón, gallinas en un rincón, y una fuerte pestilencia que sale de lo que se llama "tualet" (tal cual está escrito). Nos abre la puerta de un cuarto, que está en este patio, con la cama aún por hacer y las sábanas revueltas del huésped anterior; y suciedad generalizada. No dudamos ni un instante y salimos, casi sin despedirnos, de un local con camareros uniformados sic y en el corazón de una ciudad universitaria.

Ya en la calle, me quedo con el equipaje mientras mi compañero, busca otro alojamiento. Empieza a llover con intensidad y me refugio en un soportal, mientras él llega del Kadio Motel. Bajo la lluvia, entre coches y sorteando charcos hemos de cruzar la calle. Pasaremos aquí las próximas dos noches, sin luz, como es ya típico en esta zona.

El día se ha despertado con una espesa niebla. Esperamos a que se levante y un taxi nos lleva hasta el Lago Bunyonyi, a 8 Km. de distancia. Podríamos haber pasado una tranquila jornada, pero lodges y resorts, que invaden las orillas del lago, hacen que tan sólo permanezcamos una hora en un lugar que prometía que disfrutáramos.



Regresamos a Kabale y nos quedamos en el motel; no hay nada que hacer en esta ciudad llena de barro, lluvia sin cesar y suciedad.

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