25 feb. 2010

Montes Virunga y los Gorilas de Montaña


Hoy es domingo 1 noviembre de 2009, fecha que no olvidaré jamás. Casi no he dormido por la excitación. Hoy voy a ver realizado mi gran sueño y será uno de los días más importantes de este viaje.

Con 20 minutos de retraso sobre la hora prevista -seis de la mañana-, viene a buscarnos el transporte que habíamos contratado para llegar hasta los Montes Virunga. Llueve con intensidad y la pista, rodeada de selva virgen y llena de baches, es un puro un lodazal.


A unos kilómetros de Goma, está esperándonos un grupo de rangers que nos escoltará hasta su base -en el interior del Parque Nacional Virunga- desde donde nos adentraremos en la selva para seguir el rastro de los gorilas.


Llegamos al campamento a las nueve; somos los únicos viajeros. Nos explican cómo hemos de comportarnos frente a los gorilas y nos facilitan mascarillas para taparnos nariz y boca, y así evitar transmitirles alguna enfermedad.

El Parque Nacional Virunga, está situado en la frontera oriental de la República Democrática del Congo, desde los Montes Virunga hasta los montes Ruwenzori. Bordea los Parques Nacionales de los Volcanes, en Ruanda y de los Montes Ruwenzori, en Uganda. Fue el primer Parque Nacional de África, creado en 1925.


En 1979 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, por su gran diversidad de hábitats que acogen una biodiversidad excepcional, incluyendo especies endémicas y especies raras.

Son el hábitat del gorila de montaña, que se encuentra en grave peligro de extinción y se enumera en la Lista Roja de la IUCN de Especies en Peligro, debido a factores como la pérdida de su hábitat, la caza furtiva, enfermedades humanas y guerras.

A las 9:30 h. nos ponemos en marcha y, en media hora, llegamos a la entrada de la selva. Vamos con un guía y dos rangers armados con ametralladoras y machetes. El guía nos recomienda hablar en voz baja para ir oyendo los diferentes sonidos de la selva mientras el ranger que va delante, abre camino a golpe de machete.



Seguimos subiendo la montaña que, según avanzamos, se hace más densa y dificultosa entre ramajes, lianas, piedras, lodo, troncos y riachuelos que hemos de salvar. El guía ha de ayudarme más de una vez, pues los pronunciados desniveles y el suelo resbaladizo casi provocan que me caiga en alguna ocasión.


No hemos llegado a la cima cuando empezamos a ver rastros de los gorilas: caña de bambú a medio comer y algunos de los nidos que hacen para dormir durante la noche. No se oyen por las cercanías y quien abre camino se dirige hacia el lugar donde podrían estar. Regresa sin haberlos localizado y deciden continuar la búsqueda media hora más. Nos advierten de que si no hay éxito hemos de renunciar al encuentro, pues posiblemente se hayan trasladado al otro lado de la colina y el tiempo se nos echa encima.

Nos desanimamos con la noticia. Hace dos horas y media que subimos y bajamos por una selva impenetrable y maravillosa. Estamos chorreando, a causa de la lluvia. Aunque me encuentro muy agotada, no renunciaré a irme sin haber visto a un solo gorila. Al menos uno.


Y, de repente, en la profundidad de la selva, se oyen los golpes al pecho y gritos que hace el macho alfa. Sigilosamente nos vamos acercando y vemos, en la copa de un árbol, a tres jóvenes gorilas.



Imprevistamente, uno de ellos baja del árbol y al llegar a nuestra altura, a tan sólo un palmo, se para, nos mira y sigue indiferente su camino. Los latidos de mi corazón se confunden con los golpes que sigue dándose el macho dominante. ¡Estoy muy emocionada!



El guía y los rangers empiezan a emitir sonidos guturales, parecidos a los de los simios, para que sepan que somos "gente de paz", y nos vamos acercando a dónde está el resto de la familia de Humba -el macho alfa-, de 12 individuos.

En un pequeñísimo claro de la selva nos detenemos. Allí, a unos 15 metros está Humba, un enorme "espalda plateada", que descansa plácidamente acompañado de jóvenes machos y hembras, una de ellas con un bebé en los brazos.





Nos vamos colocando para poder verlos mejor. Estoy, permanentemente acompañada por el guía. Uno de los rangers saca una cámara de filmar y empieza a grabar.

El gran macho observa de reojo todos nuestros movimientos y, algunas veces, clava su mirada en nosotros y agachamos la cabeza en señal de sumisión. Si mantenemos la cabeza alta y la mirada en él, puede creer que lo estamos desafiando para quitarle el poder que tiene sobre el grupo y llegar a atacarnos.


De repente un árbol se cimbrea hacia mí y espero "el abrazo" del gorila subido en él. El guía me protege con sus brazos. No, no he tenido la suerte de tener al gorila a mi lado, sólo quería arrancar una rama, que come con mucho gusto estirado en el suelo, muy cerca de nosotros.

Humba deja su puesto de observación y, sin vacilar, se dirige hacia nosotros.


Nuestros acompañantes siguen haciendo sonidos para tranquilizarlo y que no se acerque más. A tan sólo tres metros de nosotros, levanta su monumental cuerpo y con su enorme y fuerte brazo tumba un árbol, como si fuera una pluma de ave, dando muestras de su fuerza y poderío, bloqueando el paso entre nosotros y ellos: así nos hacer saber que él es el jefe de la manada. Se asegura de que el árbol está bien tumbado y se acomoda en el suelo, como poniéndose a dormir, con los brazos abiertos.




¡Es increíble! Sólo estirando un poco mi brazo podría llegar a tocar esa enorme, pero bellísima manaza. Le suplico al guía que me deje tan sólo rozarla, pero no puedo; está prohibido.


A los 60 minutos exactos de estar aquí, el guía nos avisa de que ya es hora de marcharnos. Es el tiempo reglamentario. No sé si advierte la expresión de tristeza de mi cara, pero nos deja 20 minutos más.

¡Qué rápido ha pasado el tiempo!. Estaría aquí horas y horas. ¡Qué gran experiencia he vivido!. No la olvidaré jamás.


El camino de vuelta se me hace mucho más difícil: las piedras ruedan bajo mis botas; no ha parado de llover y hay más zonas embarradas. Mis rodillas ya no tienen fuerza, pues al tiempo de subida se le ha de sumar la hora y pico que he estado de pie, quieta y en un lugar que no era plano. Tengo la mala fortuna de resbalar un par de veces y la tercera, ha sido una caída con todas las de la ley: me ha frenado un árbol cruzado en mi trayecto pendiente abajo. No he sufrido ningún daño.


Dentro de mí sólo hay una cosa importante: los 80 minutos que he estado tan cerca de nuestros parientes más próximos.

2 comentarios:

  1. Hola Mercé:
    Gracies per compartir aquest reportatje. Es una meravella.
    Saps ets una dona molt valenta i amorosa.
    M´enrecordo quan vareig veurer gorilas en la niebla amb vaig emocionar.
    Petons, Montserrat

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    Respuestas
    1. Moltes gràcies pel teu comentari, Montserrat.
      Petons.

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