15 may. 2010

El pañuelo palestino (Al-kūfīya)



Damos un último paseo nostálgico por Jerusalén. Nostálgico porque hemos decidido no volver más hasta que no tengamos acceso directo por Palestina.

Nuestro avión ha de salir a las seis de la mañana, pero queremos llegar con tiempo por posibles problemas en los controles policiales. A las once de la noche un taxista árabe -debidamente acreditado-, nos lleva hacia el aeropuerto de Tel Aviv: por fin abandonaremos Israel.

En la carretera de acceso al aeropuerto pasamos un primer control sin problemas. En el segundo detienen el vehículo. Metralleta al hombro le dicen a mi compañero que baje del mismo. Inquieren si llevamos armas, a dónde vamos, de dónde venimos, si la maleta es nuestra y si soy su esposa. Le instan a que vuelva al interior del coche mientras se llevan al taxista. Al rato regresa. Como es árabe lo han interrogado.

Entramos en el aeropuerto y buscamos un lugar resguardado para acomodarnos hasta la hora de facturar. Durante la espera se acerca una señorita -suponemos antigua soldado- de uniforme civil, que nos pregunta acerca de a dónde vamos y sin más, tras escuchar nuestra respuesta, se marcha. Otro antiguo joven soldado -suponemos también-, merodea a nuestro alrededor escudriñando las papeleras.

A las dos de la madrugada nos ponemos en marcha hacia el área de controles. Pasamos varios personales y de documentación. Ahora le toca el turno al equipaje. Coloco la maleta en una cinta transportadora y un gran escáner la engulle. Nos dicen que esperemos al otro lado de la máquina. A nuestra maleta le han puesto una etiqueta con un código especial que nos lleva al control visual. Una joven, supuestamente ex militar, pregunta si llevamos sal o arena del desierto -en realidad llevamos tierra del Huerto de Getsemaní- y nos dice que abramos la maleta, señalando el lugar exacto de dónde hemos de quitar cosas.

Mi compañero abre la maleta y empieza a retirar piezas de ropa. Son las tres de la madrugada, no hemos dormido y un pañuelo palestino aparece en la maleta.

- ¿Sabe qué es eso? -dice ella sujetando desdeñosamente la prenda de ropa.

- Es un pañuelo palestino -responde mi compañero.

- ¿Dónde lo ha comprado?

- En una tienda en Jerusalén.

- ¿Por qué lo ha comprado?

- Porque he querido.

- Le puedo retener la maleta, -le amenaza ella.

- No lo creo. Es un artículo que se vende libremente y yo lo puedo comprar, -le responde alzándole la voz.

Ella da media vuelta y vuelve con la supervisora.

- How are you? (¿Cómo está usted?)

- Bien.

- ¿Para quién es el pañuelo?

- Para una amiga.

- ¿Cómo se llama esa persona?

Él me lo traduce, y digo: Pepi.

La mujer le mira con dureza a los ojos y le ordena que cierre la maleta.

Nos alejamos furiosos hacia la zona de facturación. Un pañuelo. Un pañuelo palestino, que venden en casi todas las tiendas de Jerusalén, ha hecho que tengamos aún más ganas de abandonar Israel. Y cuánto significa para ellos ese símbolo, que teníamos que enseñar el paquete con la tierra (donde había, realmente, el pañuelo de mi amiga. El de la discordia, es el mío. Si llegan a ver los dos...) y se han olvidado de ello.

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