25 jul. 2010

Lisboa: Bairro Chiado y Bairro Belém


La mañana está gris y amenaza lluvia. Sin achicarnos caminamos hasta la Praça do Rossio disfrutando de la limpieza de las calles y lo bien cuidados que están los edificios.


En autobús vamos hasta la Estação de Caminhos de Ferro de Santa Apolónia en el Bairro Alfama donde, martes y sábado, en la explanada Campo de Santa Clara, se instala la Feira da Ladra (Mercado de la Ladrona), un mercadillo de ropa, baratijas, cuadros, libros…, y todo tipo de "antigüedades".

Paseamos por las empinadas y adoquinadas calles de Alfama, hasta que encontramos la parada del tranvía más famoso de la ciudad, el 28, que, lentamente por empinadas cuestas, nos lleva hasta Chiado, tradicionalmente una de las zonas más elegantes de la ciudad.


Encontramos el Café A Brasileira, en Rua Garrett 120, uno de los cafés más famosos y con más solera de la ciudad. Fundado en 1905, su propietario -que había vivido en Brasil-, importaba directamente el café y otros productos como guayaba, té, menta y tapioca.

El Brasileira do Chiado tiene identidad propia, ya sea por su bella decoración o por que estuvo relacionado con un nutrido grupo de artistas, entre ellos Fernando Pessoa, del que hay una estatua en la terraza exterior, como si de un cliente más se tratara.


Sólo por el ambiente y para contemplar la decoración, vale la pena degustar una de las decenas de cafés que hacen en Lisboa: uma bica; uma bica cheia; un galao; un garoto… Y si el café no te gusta, no dejes de tomarte un Chá limão, que es una infusión de agua con cáscara limón; nada más.

Caminando, caminando y caminando, llegamos hasta la estación Cais do Sodré, en la Avenida Vinte e Quatro de Julho, a orillas del Tajo.

Empiezo a estar cansada ya de tanto andar, pero las ansias de llegar al Bairro Belém, hacen que siga dando un paso detrás de otro. Caminando por el paseo de la margen derecha del río, pasamos bajo el famoso Ponte 25 de Abril, de aspecto imponente, que se alza sobre el estuario del río.

Por fin estamos en el Bairro Belém. En esta zona y en apenas unos pocos cientos de metros, hay tres de los monumentos más representativos de la ciudad: la Torre Belém, el Mosterio dos Jerónimos -ejemplos de arquitectura gótica manuelina típicamente portuguesa- y el Monumento aos Descobrimentos.

La Torre Belém, está situada sobre el agua en la desembocadura del río Tajo. De forma cuadrangular, es otro de los ejemplos más representativos de la arquitectura manuelina, donde confluyen las influencias islámicas y orientales y marca el fin de la tradición medieval de las Torres del homenaje.


Su construcción fue iniciada en 1514, bajo el reinado de Manuel I de Portugal y en el pasado sirvió como centro de recaudación de impuestos para poder entrar a la ciudad. Parte de su belleza reside en la decoración exterior, que no me canso de observar bajo unas preciosas nubes, que amenazan tormenta.


A nuestra espalda y algo alejado de donde nos estamos, se encuentra un bellísimo edificio: el Mosteiro dos Jerónimos (Monasterio de los Jerónimos), levantado sobre el enclave de la Ermida do Restelo, donde Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche en oración antes de partir hacia la India. El rey Manuel I encomendó su construcción para conmemorar el regreso de la expedición a la India. Fundado en 1501, la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1983.


Varios fueron los arquitectos que, en el transcurrir de los años, se encargaron del diseño y construcción de este edificio. Uno de ellos, Juan de Castillo -de origen español- toma las riendas a partir de 1516, y la obra adquiere su mayor dimensión con las mejores partes del edificio en estilo manuelino, conjugándolo con el plateresco y estructuras renacentistas. Bajo su dirección se construyó la iglesia con las más osadas bóvedas, el claustro, la sacristía, la sala capitular, el refectorio y las bellas portaladas.

Estamos frente la Portada meridional. Mis ojos recorren cada uno de los elementos decorativos que la componen y observo con cuánta perfección se construía en siglos pasados. La portalada está dividida verticalmente en dos cuerpos: el de abajo -con un bellísimo arco conteniendo el escudo portugués y escenas del nacimiento de Cristo-, cobija las dos puertas de acceso flanqueadas, a la izquierda con las esculturas del rey Manuel I y San Jerónimo y, a la derecha la de su segunda esposa, la reina María y San Juan Bautista. En el cuerpo superior, una escultura de la Virgen de Belém remata el arco, custodiando este lugar.



En diciembre de 2007, en una sala de este monasterio, se firmó el Tratado de Lisboa, un acuerdo de la Unión Europea que sustituye la Constitución Europea, tras el fracasado tratado constitucional de 2004, y reforma los tratados que estaban vigentes. Con este tratado, la UE tiene personalidad jurídica propia para firmar acuerdos internacionales a nivel comunitario.

Son las ocho de la tarde y ya no podemos visitar su interior. En este momento, un rayo de sol poniente se abre paso entre negros nubarrones iluminando la blanca piedra del edificio, realzando aún más su arquitectura.


Al día siguiente regresamos otra vez al Monasterio de los Jerónimos. Amplio, luminoso y de abigarrada decoración manuelina, está compuesto de una sola nave con seis columnas perfectamente talladas, que parecen no tener fin. A cada lado de la nave se encuentran las tumbas del navegante Vasco da Gama y del poeta Luis de Camões.


La bóveda del crucero es grandiosa y cubre una superficie de 29 x 19 metros, sin apoyos centrales y con una compleja red de nervaduras. Todo ello diseñado por Juan de Castillo en 1522.


Por una puerta lateral accedemos al Claustro, erigido entre 1517 y 1519. Estaba destinado principalmente a la oración y meditación de los monjes de la Orden de San Jerónimo, que el propio rey Manuel I los eligió para ocupar este monasterio, ya que ellos tenían -entre otras-, la función de rezar por el Rey y dar asistencia espiritual a los marinos y navegantes que partían al descubrimiento de nuevas tierras. La Orden de los Jerónimos se disolvió en 1833 y el monasterio quedó desocupado, incorporándose a los bienes del Estado.



El claustro es espectacular. Construido con piedra de Alcántara (Cáceres), de planta cuadrada y doble piso, rodea un jardín con una fuente interior. Presenta en su decoración símbolos religiosos y elementos medievales, como motivos vegetales y animales fantásticos, dando lugar a un resultado final de armonía y uniformidad. En una capilla del claustro descansan, desde 1985, los restos del escritor Fernando Pessoa.



Salimos impresionados de esta visita y nos dirigimos hacia el Museu Nacional dos Coches, ubicado en el antiguo ruedo del Picadero Real del Palacio de Belém, actual residencia oficial del Presidente de la República (Praça Afonso de Albuquerque, 1300), muy cerca del Monasterio.

El museo se atribuye a la reina Amélia de Orleans y Bragança y fue inaugurado el 23 de mayo de 1905. Actualmente es uno de los museos más visitados de Lisboa, ya que alberga una importante colección de carruajes que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX.

La galería principal, de estilo Luís XVI, está ocupada por dos filas de coches de caballos construidos para la realeza portuguesa. Entre los carruajes más importantes está el que perteneció a Felipe III de España (el más antiguo de la colección) y las tres carrozas del barroco italiano construidas en Roma en 1716, todas ellas pertenecientes al papa Clemente XI.


Hay carrozas bellísimas, forradas en terciopelo rojo y oro, con el exterior decorado con las armas y escudos reales y figuras alegóricas esculpidas y bañadas en oro.


En otra galería vemos más ejemplos de carruajes reales, incluyendo cabriolés de dos ruedas de la Familia Real. También hay un taxi de Lisboa del siglo XIX, pintado de negro y verde -los colores de los taxis hasta a la década de los 90.

El último coche utilizado del museo fue el Carruaje de la Corona, cuando estuvo de visita la reina Isabel II de Inglaterra, en 1957.


Ya es hora de tomar un tentempié antes de seguir y nos dirigimos a Rua de Belém, 88 donde está la afamada Casa Pastéis de Belém. Aquí hacen los buenísimos y exclusivos Pastéis de Belém o Pastéis de nata.


El lugar dispone de varias salas de diferentes tamaños, decorados con la típica cerámica portuguesa.


Diariamente se elaboran unas 20.000 tortitas de crema (pudiendo llegar a las 50.000 en épocas de alta demanda), de unos ocho centímetros de diámetro, procesadas según una receta secreta que no ha sido desvelada en casi doscientos años.


La pasta -de hojaldre- y la crema comienzan a elaborarse a puerta cerrada, en la llamada "Oficina do segredo" (Oficina del secreto), en un proceso que dura dos días. Pueden comerse fríos o calientes. Tanto la receta original como el nombre Pastéis de Belém, están registrados. De visita obligada a golosos.


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