24 ene. 2012

Turkmenabat



Con Mahmud, un taxista simpático y que chapurrea inglés, vamos hacia Turkmenabat. Sobre el salpicadero del coche hay un Corán. Mahmud reza antes de empezar el viaje y varias veces durante el mismo.



Cruzando el desierto de Kara-Kum (Arena negra) y por una carretera en muy mal estado llegamos a Mary -enclavada en un oasis en el cruce entre el río Amu Darya y la ruta que va entre Samarkanda y Bukhara -, donde comemos los tres en un restaurante en el que las mesas están colocadas en unos pequeños compartimentos, cerrados por una cortina para no ser vistos. Sobre la mesa hay un timbre, con el que se llama al camarero en caso de necesitarlo.


En la sobremesa, el taxista nos enseña fotos que lleva en su móvil: Jesús, la Virgen María, y el Arcángel San Gabriel. Es muy extraño que lleve esas fotos siendo musulmán.

Así mismo, sentado, Mahmud se pone a rezar. Está un buen rato, y nos vuelve a sorprender cuando le dice a mi compañero que su ángel protector se llama Malik, y que el mío Yunus. Acaba de saberlo durante su oración y que no olvidemos nunca sus nombres, pues cuando necesitemos algo se lo pidamos a ellos (caras de sorpresa).

Seguimos circulando por el oasis del desierto de Kara-Kum -en lo que había sido una parte muy importante de la Ruta de la Seda-, hasta que Mahmud se desvía por un camino.

Nos lleva a visitar el Mausoleo del Sultán Sanjar, del s. XII (al que él tiene mucha devoción), enclavado en el Parque Nacional Histórico y Cultural de la Antigua Merv y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999.





Llegamos a Turkmenabat después de nueve horas de trayecto y Mahmud nos lleva directamente al Hotel Amu Darya, donde nos dicen que no tienen agua y nos recomiendan otro, que está a las afueras de la ciudad en medio de un descampado, y a unos 3 Km. del centro. Tampoco tienen agua; es en toda la ciudad. Dicen que "dentro de un ratito" la darán.

Son las siete de la tarde y los grifos están secos. Preguntamos en recepción y nos comunican que restablecerán el suministro de las 11 de la noche hasta las 6 de la mañana. ¡Sin ducharnos y con la ropa que hay por lavar!

Lejos del centro y de la civilización no nos queda más remedio que cenar en el hotel. Bajamos al restaurante y, al abrir la puerta, nos envuelve un gran vocerío y música a volumen muy alto. Nos asomamos: hay una fiesta privada y no hay lugar libre. El camarero nos propone ponernos una mesita en un rincón. Pero es tan minúsculo el espacio y hay tanto ruido, que no nos apetece quedarnos.

Un joven camarero nos hace señas para que esperemos. Desaparece y regresa a los cinco minutos: nos darán de cenar en el sótano. Y nos acompaña hasta el bar. Una puerta da acceso a una gran sala con sofás, sillones, mesitas bajas, una mesa de billar y muy poca luz.

Nos acomodamos y, el camarero, nos trae la carta escrita en ruso. Imposible que nos la traduzca. No sabe inglés. Preguntamos si tiene hamburguesas. Asiente con la cabeza, al tiempo que dice "yes". Tardan en servirlas, pero ha valido la pena: ¡están buenísimas!

Mientras cenamos, un grupo de seis hombres se sienta alrededor de una mesa. Parece que beben vodka, por el tamaño de los vasos. Se van animando.

De pronto, el camarero se acerca a nuestra zona, apaga las luces y quedamos iluminados sólo por la luz de la televisión. Veo que acompaña a una chica hasta un rincón. En la penumbra vislumbro que se está sacando la ropa. Del escondite se oye un tintineo metálico...

Mientras por los altavoces empieza a sonar una música sutil, se va iluminando el local tenuemente. Ahora el tintineo se acompasa a la música y sale la joven vestida de danzarina árabe. Se acerca a la mesa de los seis hombres y baila para ellos. Uno de los individuos nos llama para que participemos con ellos y nos ponemos en una mesa cercana. El hombre se presenta diciendo que son policías y que tienen una fiesta privada. Nos extrañamos de que "confiese" su oficio. Quizás el vodka está haciéndole efecto.

Empiezan a servirse champán y nos ofrecen un par de copas, que rechazamos con una sonrisa. No es nuestra bebida preferida.

La bailarina danza entre los hombres y éstos le ponen dinero en la cinturilla de la falda. Ahora se acerca a mi compañero. No llevamos billetes pequeños. Y ella sigue y sigue moviendo su cadera y haciendo tintinear los colgantes metálicos que lleva cosidos en la falda. Pero no recibe propina.

Pagamos la cena y al camarero le falta cambio. Busca por cajones y estanterías y va sacando de uno en uno los billetes. Le faltan tres -que no tiene- y nos da dos cajitas de chicles y un encendedor, por el dinero que le falta de cambio.

Dejo el grifo del lavamanos abierto para oír cuándo den el agua y nos vamos a dormir. Empieza a salir a las 4:30 y lleno un par de botellas y los dos vasos; por si la vuelven a cortar, al menos tener para sacarnos las legañas.

Al despertarnos sigue habiendo agua y podemos darnos una buena ducha. Pésimo es mucho adjetivo para decir cómo es el desayuno.

Decidimos ir hasta la ciudad para comprar comida y no tener que bajar al restaurante. Son las 10 de la mañana y debemos estar cercanos a los 35º, sino más.

Turkmenabat tiene los edificios públicos y oficiales al estilo de Ashgabat: denotando grandeza. Por el contrario, las viviendas siguen un estilo de construcción soviético-comunista: bloques de tres-cuatro pisos, sin gracia, grises… Poca gente en las calles; el mercado del mismo patrón que las viviendas, y no se ven restaurantes ni bares como para tomarnos un refresco. Ante este panorama decidimos refugiarnos bajo el aire acondicionado de la habitación del hotel, acompañados de un nuevo amigo que nos mira con curiosidad a través de los cristales.


Un amigo que vino a visitarnos al balcón del dormitorio

Mal día para celebrar mi cumpleaños. Mañana saldremos hacia Uzbekistán.


ANOTACIÓN: No hemos hecho ni una foto. No había absolutamente nada que valiera la pena fotografiar en Turkmenabat, a nuestro entender.


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