15 feb. 2012

Bukhara, ciudad de fábulas y poesías (I)


En taxi vamos hasta la frontera turkmena. Durante el trayecto bordeamos el río Amu Darya, hasta que lo cruzamos. Un río que no hubiera tenido importancia si no fuera porque en Barcelona tengo buenos amigos miembros fundadores de Amu Daria, Associació per a la promoció cultural de la Ruta de la Seda.


Los trámites son rápidos, incluido el pase por escáner de nuestras mochilas. Una furgoneta-taxi nos lleva unos dos kilómetros hasta un lugar en que ya no puede circular más. Seguimos estando en Turkmenistán. Nuevo control de pasaportes y del sello de salida.

Caminamos unos metros y, casi sin haber guardado los pasaportes, nos los vuelven a pedir. Éstos son uzbekos.

Más o menos un kilómetro nos separa del edificio de la frontera de Uzbekistán. Primeramente sanidad: no tenemos fiebre. Rellenamos unos papeles con la declaración de divisas. Con estos papeles en la mano, vamos a una ventanilla donde nos ponen el sello de entrada en los pasaportes. Nos mandan a otro edificio situado a unos 50 metros. Nos hacen sentar mientras una diligente señorita, uniformada, limpia la mesa de quien ha de atendernos. Entregamos los papeles con la declaración de divisas y nos dan la copia; comprueban los visados y sellos anteriores y ya podemos poner los pies legalmente en Uzbekistán.

Situado en el corazón de Asia Central, entre los ríos Amu Darya y Sir Darya, Uzbekistán tiene una historia larga e interesante.


Las principales ciudades de la Ruta de la Seda - Samarcanda, Bukhara y Khiva- son muy conocidas por haber pisado sus tierras conocidos conquistadores.

Alejandro Magno paró en Samarcanda, en su camino hacia la India, el año 327 a.C. y se casó con la hija de un cacique local.

Uzbekistán fue conquistado por árabes musulmanes, en el siglo VIII; los samánidas establecieron su imperio en el siglo IX; y Genghis Khan y sus mongoles invadieron el territorio el año 1220.

El año 1300, Timur, conocido en occidente como Tamerlán, fundó su propio imperio con capital en Samarcanda. Los edificios más emblemáticos del país fueron construidos durante su dinastía.

En 1865, el Imperio Ruso ocupa Tashkent y, a finales del siglo XIX ya había conquistado toda Asia Central. Durante el período soviético, Moscú utiliza a Uzbekistán por su potencial en el crecimiento del algodón. El riego extensivo ha sido la principal causa de la contracción del Mar de Aral a menos de un tercio de su volumen original, siendo éste uno de los peores desastres ambientales del mundo.

Uzbekistán ganó su independencia el 1 de septiembre de 1991. Actualmente es el país más poblado de Asia Central, con 28 millones de personas concentradas al este y sur del país.

La economía de Uzbekistán reside en la producción de diversas materias, entre ellas algodón, oro, uranio, potasio y gas natural. A pesar de declarar su intención de convertirse en una economía de libre mercado, hoy por hoy, sigue manteniendo rígidos controles, que a veces ahuyentan a los inversores extranjeros.

La alfabetización en Uzbekistán es casi universal, y los trabajadores están en general bien educados y entrenados. Sin embargo el aumento de la corrupción del sistema educativo del país, en los últimos años, ha comenzado a erosionar la ventaja de Uzbekistán en términos de capital humano: los grados y títulos suelen ser comprados. Además, los estudiantes de primaria y secundaria en las provincias remotas tienen poco acceso a la educación básica.

Desde 1991, muchos destacados opositores al gobierno han huido, y otros han sido detenidos. El gobierno reprime severamente a los sospechosos de extremismo islámico, incluyendo a los sospechosos de afiliación a organizaciones tales como el proscrito Partido de los extremistas de Liberación Islámica (Hizb-ut-Tahrir) o la más moderada Nurchilar (seguidores de Said Nursi, de Turquía). Miles de extremistas sospechosos han sido encarcelados desde 1992. Aproximadamente el 88% de la población es musulmana sunnita.

La policía y los servicios de inteligencia han utilizado la tortura como técnica de investigación de rutina. En mayo de 2003, tras la visita del Relator Especial de la ONU sobre la Tortura, el Gobierno de Uzbekistán elaboró un plan de acción para aplicar las recomendaciones del Relator.

El gobierno comenzó a adoptar una serie de disposiciones del plan y desde entonces ha reiniciado la cooperación con las organizaciones internacionales que participan en la vigilancia de la cárcel. Las condiciones de reclusión y la prevalencia de la tortura hoy en día se cree que siguen siendo problemáticas.

Uzbekistán abolió la pena de muerte en enero de 2008. Se convirtió en signatario de la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad en febrero de 2009.

(Texto extraído de diversas fuentes)

Un taxi nos lleva hasta Bukhara y nos deja frente al Hotel Amelia -lugar donde nos alojaremos- situado a menos de 100 metros del Centro Histórico.

Cada una de las habitaciones está decorada con objetos típicos del país. Y a nosotros nos dan la nº 2 que, además de parecer una suite, hay reproducida una bellísima pintura, con todos los detalles del original -inclusive con los trazos que le faltan por desgaste.


Apenas hay iluminación en la calle, pero salimos a dar los primeros pasos por los alrededores para tomar el pulso a lo que nos espera en los próximos días.



Después de un completo, variado y sabrosísimo desayuno -en el mismo hotel- salimos a recorrer el Centro Histórico, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO, en 1993, y cuna de Ibn Sina o Avicena (980 - 1037), médico, filósofo y científico, quien escribió cerca de 300 libros sobre diferentes temas, predominantemente de medicina y filosofía.

Bukhara es una de las pocas ciudades del mundo que sigue en el mismo lugar desde el siglo V a.C. A lo largo de los siglos, la ciudad experimentó periodos de florecimiento y decadencia, y sufrió numerosas invasiones. Encrucijada de las caravanas de la Ruta de la Seda, que se dirigían a y desde China, India y Turquía, la ciudad ha sido -durante mucho tiempo- un centro de comercio, de erudición, de cultura y de religión.

A dos pasos del hotel está la plaza Lyab-i Hauz, rodeada de un conjunto arquitectónico formado por tres grandes edificios: la Madrasah Kukeltash (1568-1569) -con 160 aulas, fue la más grande de la ciudad-, la Madrasah Nadir Divanbegi, construida en 1622, y la Khanaka Nadir Divanbegui, coetánea de la madraza del mismo nombre.


Madrasah Kukeltash

Nadir Divanbegi, era tío del emir y tuvo una gran influencia en los asuntos de Estado en ausencia del gobernador; inclusive llegó a negociar con los enviados extranjeros en su nombre.


Madrasah Nadir Divanbegi

Aprovechando su autoridad, Divanbegui hizo construir una khanaka para dar hospedaje a sufíes itinerantes. En aquellos tiempos Bukhara era un centro muy importante del Sufismo, en especial de la orden Naqshbandi.
El emir, en su discurso de inauguración, felicitó a su sobrino Divanbegui por la apertura de un nuevo lugar agradable a Dios (sabiendo que era un caravanseray). Nadir Devanbegi no tuvo más remedio que convertirlo en madraza.


Khanaka Nadir Divanbegui

El diseño de la estructura demuestra el hecho de que el edificio fue concebido como posada. La entrada es recta, no angular como la Madrasah Kukeltash; tiene un acceso en la parte posterior para la entrada de animales y un gran patio central, para el asueto de los inquilinos.


En el centro de la plaza Lyab-i Hauz y a la sombra de grandes moreras -alguna de ellas protegida y datada del año 1477- hay un estanque de 42 m. de largo, 36 de ancho y 5 de profundidad, que en el siglo XVII proporcionaba agua potable a la ciudad.

No deja de sorprenderme que haya una estatua de un venerable anciano a lomos de un asno. Es el sabio y maestro Nasr-ed-Din (Nasreddin Hodja o Nasreddin Mullah), personaje mítico en la cultura popular de los países musulmanes (aunque no exclusivamente, pues se habla de él en Sicilia), desde China al Magreb pasando por Mongolia.


Nasreddin es un mullah (maestro) que protagoniza una larga serie de historias-aventuras-cuentos-anécdotas, representando distintos papeles: agricultor, padre, juez, comerciante, sabio, maestro o tonto. Cada una de estas historias cortas hace reflexionar a quién la lee u oye, como una fábula, y además suelen ser humorísticas, con el humor simple de lo cotidiano, a veces con contrasentidos y aparentes absurdos.

Sus enseñanzas, que han sido y son utilizadas por los maestros del sufismo, van desde la explicación de fenómenos científicos y naturales, de una manera más fácilmente comprensible, a la ilustración de asuntos morales.

Los cuentos de Nasreddin actualmente llegan a ser aproximadamente 378. Éstos fueron compilados por Idries Shah. Son textos que tratan de distintos temas, generalmente morales, cuyas enseñanzas se amparan del ingenio y el humor.

Shah, divulgador de la cultura sufí en occidente, siempre consideró que la sabia y absurda lógica de los cuentos de Nasreddin era uno de los métodos más ingeniosos que tenían los sufíes para romper la forma de pensar habitual, adentrándose así en un mundo despojado de prejuicios.

Después de un buen rato admirando este entorno, nuestros pasos nos llevan a cruzar por Toqi Sarrafon, uno de los cuatro bazares de Bukhara con los techos abovedados.


Construido a finales del siglo XVI junto a la antigua acequia Shahrud (actualmente el agua fluye por un canal de hormigón), era el lugar para el intercambio de dinero durante la época de la Ruta de la Seda. Pero como la usura está prohibida en el Islam, quien operaba aquí eran cambistas y prestadores de la India, China o Armenia. Actualmente está lleno de tiendas donde venden recuerdos.

Numerosas mezquitas y madrazas hicieron de Bukhara una ciudad santa y los palacios y edificios de la corte real le añadieron mayor esplendor. Hoy la ciudad conserva buena parte del antiguo patrimonio monumental y nos ofrece un panorama espléndido del pasado.

Las restauraciones han recuperado el buen estado de los viejos edificios aunque, para algunos, los trabajos de limpieza y de reconstrucción han restado a los monumentos naturalidad y han diluido parte del encanto que transmite el paso del tiempo pero, sinceramente, ante tanta belleza sólo cabe admirarla.

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