24 feb. 2014

Viajeras y aventureras de todos los tiempos: May French Sheldon, primera mujer en viajar al corazón de África


“No solo los hombres han sido viajeros aguerridos y aventureros. Hay un número sorprendente de mujeres que, por unas razones u otras, emprendieron grandes y largos viajes por tierras desconocidas, asombrando a la sociedad de su época, aunque la inmensa mayoría han sido silenciadas y olvidadas por una historia escrita por los hombres”, -nos dice Cristina Morató.

Mujeres que se enamoraron de la selva, del aire, del desierto. Persiguieron su sueño sin complejos, arriesgando la propia vida, dejando muchas cosas atrás. La historia de estas mujeres nos enseña que es posible hacer más de lo que imaginamos, y que la felicidad puede estar en una noche estrellada africana o en una cabalgata entre las dunas.

Cuando los hombres blancos de América y Europa exploraban las tierras desconocidas de África, una mujer decidió emularlos pero siguiendo sus propias normas. May French Sheldon (1847-1936) se empeñó en ser la primera mujer que organizase una expedición al corazón de África, para demostrar que las mujeres también podían ser exploradoras.


May French Sheldon nació el 10 de mayo de 1847 en Beaven, Pennsylvania, en el seno de una rica familia sureña. Sus padres la enviaron a Europa a estudiar. En Italia se formó, entre otras materias, en Literatura, Historia, Geografía y Medicina.

En 1876, a los 25 años, se casó con Eli Lemon Sheldon, un hombre de negocios, que no sólo quiso y admiró a su esposa sino que siempre respetó sus ideas e inquietudes. La pareja se trasladó a vivir a Londres donde fundaron una editorial en la que May colaboraba como traductora. Entre otros, tradujo Salammbô, del famoso escritor francés Gustave Flaubert.

Su primera intención de crear una expedición íntegramente femenina tuvo que ser desestimada por la necesaria fuerza que requería el porteo del material. Aun así, inició su aventura cuando, en 1891 y con 41 años de edad, dejó Londres y a su marido, quien la esperaría fielmente, y se embarcó rumbo a Mombasa.

Hijas de su época, muchas de estas aventureras no viajaban ligeras de equipaje. Estaban dispuestas a enfrentarse a fieras salvajes, tormentas de arena, naufragios y caníbales, pero no a renunciar a algunos lujos y comodidades propios de su condición social. Podía resultar paradójico que estas indómitas féminas se empeñaran en viajar por la selva o el desierto con una caravana de baúles cargados con vajillas de plata y cristal, juegos de té de porcelana, vestidos, sombrillas, sombreros y miriñaques. Y nuestra protagonista fue una de ellas.


May se encontró con el primer problema nada más pisar tierras africanas: nadie quería seguir a aquella mujer extravagante y le costó mucho conseguir los 153 porteadores que había contratado con la ayuda del sultán de Zanzíbar. También le proporcionó un salvoconducto para garantizar su tránsito pacífico a través de su dominio en la actual Tanzania.

El interés de Sheldon en África no se limitaba a la exploración. También estaba preocupada por el impacto de la colonización en la población nativa, especialmente en África centro-oriental, donde, en 1890, Inglaterra y Alemania habían establecido una fuerte presencia colonial. Esperaba que su expedición demostraría que los europeos podrían obtener la cooperación de los pueblos originarios con la amistad en lugar de con la fuerza. Según sus palabras "Iba simplemente para estudiar los hábitos y costumbres nativas libres de la influencia de la civilización".

Cerca del monte Kilimanjaro, Sheldon visitó la aldea de Taveta, donde encontró un puesto comercial británico de reciente creación. También visitó plantaciones productoras de maíz, tabaco y caña de azúcar. Se convirtió en el primer europeo en ser testigo de un ritual nativo conocido como el "baile de la luna", interpretada por los hombres en una ceremonia fúnebre.


Mientras que su expedición se mantuvo en Taveta, Sheldon exploró el territorio circundante con un pequeño grupo de porteadores y un funcionario de la colonia británica. Luego, se reunió con el resto de la expedición y ascendió 4.700 metros de altura -por las laderas del Kilimanjaro- hasta el asentamiento indígena de Kimangelia, donde se reunió con el sultán local. Allí se convirtió en objeto de gran curiosidad por parte de los habitantes de la región, que acudieron a miles, para ver por vez primera a una mujer blanca.

Tenía la intención de visitar a los maasai, el pueblo guerrero más temido por las tribus vecinas. Sin embargo, se vio obligada a dar marcha atrás en el borde de su territorio, cuando sus porteadores y sirvientes amenazaron con amotinarse si continuaba.

Aquellos que en un principio recelaron de May por su talante firme, pronto se verían cuidados y respetados por ella. Veló en todo momento por la salud de sus porteadores, los vacunó y revisó los tiempos de relevo. Los miembros de su expedición la llamarían cariñosamente Bebe Bwana (Reina blanca).


La dureza de la vida en la sabana africana no le hizo perder, en ningún momento, el contacto con sus costumbres occidentales, algo que le sirvió para sobrellevar mejor las fatigosas jornadas y mantener un cierto aire de dignidad personal.

Cuando inició su regreso a Londres tuvo un grave accidente -cayendo su palanquín al río- y sufrió una fractura en la espalda.

Sus expediciones demostraron que el contacto con aquellas civilizaciones podía ser amigable y pacífico. Llegó a conocer más de 30 tribus diferentes, y sus estudios y experiencias en África, le valieron el reconocimiento de la Royal Society de Londres.

Sheldon recaudó dinero para la Cruz Roja de Bélgica durante la Primera Guerra Mundial, y después de la guerra, en 1921, fue galardonada con el Chevalier de l'Ordre de la Couronne por el gobierno belga. Continuó dando clases en África hasta la edad de 78 años. Murió en Londres a los 90 años.

May French Sheldon fue la primera mujer europea que visitó muchos pueblos indígenas en la Kenia actual y Tanzania.


Bibliografía:

- Mujeres en la Historia

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