25 ago. 2014

Los nabateos de Petra



Foto National Geographic


¡Ábrete, Petra! Maravilla entre maravillas. Enséñanos tus arcanos tesoros. Descúbrenos tu guarida oculta en el abrasador desierto jordano para poner ante los ojos del mundo los portentos que tus entrañas encierran. Mágico lugar donde las montañas se transmutan en monumentos.

Petra: gema incrustada en lo profundo del laberinto montañoso de Arabia pétrea. Roca de la que Moisés hizo brotar agua para saciar la sed de su pueblo. Joya señera de la arqueología del Oriente próximo. Capital de un reino, ciudad de muertos, poblada de espíritus, leyendas y misterios, esculpida –más que levantada– por la mano del hombre y el cincel implacable del tiempo.

¡Ábrete, Petra!, cuéntanos tu épica historia, háblanos con tu lenguaje de templos y tumbas, de valles y barrancos, de acantilados esculpidos y de arenas polícromas.

(Fuente: Divulgación científica)

Parece que todo empezó tras la caída del reino de Saba (siglo VII a.C.), cuando los nabateos -una estirpe árabe de lengua aramea- emigraron del actual Yemen hacia el norte. Nómadas dedicados al pastoreo, fueron ascendiendo por la península arábiga y ocupando progresivamente el Wadi Rum, una región desértica de inenarrable belleza, en la frontera entre Arabia y Palestina.

Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I antes de Cristo, dice de ellos: "Viven al aire libre y llaman patria a este territorio desértico que carece de casas y manantiales abundantes. No tienen por costumbre sembrar trigo ni plantar árboles frutales y algunos de ellos crían camellos o rebaños de cabras que pastorean en el desierto. De todas las tribus árabes, éstos son con creces los más ricos, si bien no llegan a diez mil. Aman apasionadamente la libertad, y cuando les ataca un ejército enemigo huyen al desierto, que para ellos se convierte en una fortaleza. La falta de agua les hace inaccesibles a los demás, pero para ellos es un asilo seguro porque han excavado en la tierra depósitos revestidos de cal".

Poco a poco, fueron haciéndose sedentarios y levantando ciudades como Mada'in Saleh, en Arabia Saudí y, años más tarde, en el Wadi Musa, desde donde comenzarían la construcción de la que sería su capital, Petra -que alcanzó su cenit hacia el año 312 a.C. y lo mantuvo hasta mediados del siglo III d.C.-, llamada la rosa del desierto por su belleza y por el color de los montes que la rodean.


Profundos conocedores de los secretos del desierto, gracias a su largo éxodo y habiendo adquirido de los talmúdicos todo el saber relativo al comercio, fueron tomando el control de las rutas caravaneras de la península arábiga. Todo ello, unido a su buena organización social, hizo que empezara a florecer la leyenda del incipiente reino nabateo.

Oro, incienso y mirra del sur de Arabia, sales del Mar Muerto, sedas y piedras preciosas de China e India, pieles de África, marfil y esclavos de Nubia, eran cargados a lomos de los dromedarios y transportados hacia los mercados del Mar Rojo y del Mediterráneo, tal como dejó escrito el historiador griego Diodoro de Sicilia, en el siglo I a. C. Todo estaba bajo el control de los nabateos, que cobraban fuertes aranceles por guiar o permitir el paso de las caravanas, pues en esta época -siglo II a.C.- la vía de comercio más importante del mundo era la Ruta de las Especias, que pasaba justamente por el mismo centro del territorio nabateo.

El destino de todas las caravanas era Petra, donde había sombra, agua y alimentos abundantes para mercaderes y animales. La fama de los nabateos crecía sin cesar por su riqueza y prosperidad, pero también por su ingenio para levantar refinadas metrópolis donde parecía que nada podía sobrevivir.

Un complejo sistema de canales y estanques permitía a los nabateos aprovechar toda el agua de la lluvia y de los manantiales, con la que se regaban los jardines que adornaban la ciudad. Expertos negociantes, estos antiguos beduinos desarrollaron un sistema de escritura propio, derivado de la cursiva aramea.


Todos los imperios de la época les reconocían su gran inteligencia y su amor por la independencia, pues nunca pudieron ser sometidos por ejército alguno. Sucesores de Alejandro Magno, Roma, ptolomeos egipcios o selúcidas de Siria sólo podían invadir los asentamientos nabateos cuando éstos perdían el interés por mantenerlos.

Petra no fue habitada únicamente por nabateos. En At Beidha, se ha encontrado una aldea entera del 6500 a.C., y se sabe que fue poblada hacia el 1200 a.C. por edomitas -descendientes de Esaú-, famosos por su sabiduría, escritura, industria textil, la excelencia y finura de sus cerámicas, y su destreza trabajando el metal. El área era conocida entonces como Edom (rojo). Los nabateos emigraron hacia el interior de Edom durante el periodo persa, obligando a los edomitas a trasladarse hacia el sur de Palestina.

Roma logró al fin anexionar el reino nabateo en el año 106 de nuestra era -por el legado sirio del emperador Trajano- convirtiéndola en la capital de la provincia romana de Arabia Petraea, aunque, en contra de sus costumbres con los conquistados, permitió que fueran localmente autónomos y, lo que es aún más incomprensible, estaban exentos de impuestos. El declive del imperio romano y la desviación del comercio árabe, por la vía del Mar Rojo, asestaron el golpe final a la economía nabatea; estos hechos fueron los que hundirían a Petra durante varios siglos en el olvido, hasta renacer a nuestra memoria histórica en fecha reciente.

La salvaje belleza de Petra no ha dejado de cautivar al mundo desde que, en 1812, la redescubriera a la edad de 28 años, el suizo Jean Louis Burckhardt -gran conocedor de la lengua árabe-, que consiguió entrar en la ciudad haciéndose pasar por mercader árabe.

Los templos excavados en las rocas deslumbraron a los primeros arqueólogos que los visitaron en el siglo XIX y los investigadores actuales todavía no han descubierto toda la riqueza monumental que se oculta bajo las arenas del desierto; aseguran que sólo se ha encontrado alrededor de un tercio de lo que un día fue la ciudad más rica de Arabia.


La arquitectura nabatea nos maravilla por lo imprevisible y la magnificencia de sus obras. Todas las construcciones poseen una beldad y una mezcla de estilos clásicos que valió a los nabateos ganarse el título de "genios".

Sin embargo, el más notable logro de esta cultura es el hidráulico -como he comentado más arriba-, formado por decenas de presas que recibieron el frescor del agua de lluvia, el elemento más preciado del desierto que la rodea, junto a numerosos diques, depósitos y otros tantos aljibes abiertos en la roca compacta de tonos rosáceos. A lo largo del desfiladero que da acceso a la ciudad -el Siq- se pueden ver aún los canales tallados con gran delicadeza que llevaban el agua hasta el interior de Petra y, en las cañadas que la rodean, se encontraban unos conductos de conexión que, a una altura de unos 80 m., unían las grietas que separaban una pared de otra.



Alabada por occidentales como Burckhardt, el pintor David Roberts o Lawrence de Arabia, Petra -declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985- sigue transportando en el tiempo a aquellos que la visitan.

4 comentarios:

  1. Sin duda Mercè es un destino que no se puede uno perder antes de morir, al menos una vez.
    Saludos viajeros
    El LoBo BoBo

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  2. Como dice Paco, es un lugar que no habría que perderse.
    Yo no sé porque soy una cobardica, pero con tu magnífica entrada me conformo de momento.

    Besos guapa.

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  3. Quins bons records que m'ha portat l'entrada! Probablement Petra sigui un del 5 recintes arqueològics de tot el món que més m'hagi impressionat.
    L'arribada al Tresor des del sij suposa una pujada d'adrenalina brutal. D'aquells moments que no s'obliden.

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  4. Per a mi, Jordi, és més impressionant l'arribada al Tresor que l'arribada al Machu Picchu, travessant les guixetes :-(

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